Malba - Colección Costantini inaugura el próximo jueves 5 de mayo Kuropatwa en technicolor, una exposición que reúne las últimas obras de Alejandro Kuropatwa (1956-2003), uno de los grandes fotógrafos argentinos contemporáneos. La muestra presenta 43 obras de cinco de sus series: Cóctel (1996), Yocasta (2000), Mujer (2001), Flores (2002) y Naturalezas muertas (2002). La utilización del gran formato, el uso del color, los objetos individuales, la composición centrada, la sustracción de elementos del contexto, la obsesión por el detalle amplificado, la carga conceptual evidente y una devoción atenta por la belleza, construyen la estética que circula en todas las piezas.
La muestra se complementa con una selección de retratos de diferentes etapas, una obsesión particular que Kuropatwa alimentó a través de los años y que nos introduce en la Argentina de los 80 y 90, a través de imágenes tomadas a intelectuales, amigos, actores y músicos como Charly García, Andrés Calamaro, Batato Barea, Liliana Maresca, Ruth Benzacar, Fito Páez, Luis Fernando Benedit, Alfredo Prior, Gustavo Cerati, Guillermo Kuitca, Silvina Ocampo, Divina Gloria, María Luisa Bemberg, Federico Moura, Cecilia Roth, Roberto Jacoby, Jorge Gumier Maier y Oscar Bony, entre otros.
Esta exposición es presentada por Personal
y cuenta con el apoyo de
Telefé Panorama | Fibertel | Navarro Correas | Knauf | Alvarez Mateu Comunicación | CraveroLanis
ALEJANDRO KUROPATWA
FONDO BLANCO
María Gainza
“Una frivolidad inocente porque no se da cuenta de que existe algo serio puede ser encantadora; y una frivolidad que, precisamente porque no advierte lo que es serio, se niega a tomar seriamente aquello que no lo es, puede ser profunda”.
W.H. Auden, La mano del teñidor
“Aunque en el caso de Kuropatwa hablar de vida no alcanza: es más y también es menos que eso. Es el día pero sobre todo la noche, es la sobriedad pero fundamentalmente la ebriedad, es la conciencia pero más aun la inconciencia”.
Roberto Jacoby, texto de Cóctel
“Una día estaba manejando cuando una mariposa se posó sobre el vidrio y, por mirar sus colores, Alejandro estrelló el auto contra un árbol”.
Contado por Horacio Dabbah
Cuentan las leyendas que Alejandro Kuropatwa (1956-2003)fundó un imperio del swing. Que quienes lo conocieron lo sintieron pasar como una ráfaga de nardos, un buque de guerra victorioso, un ser que iba derramando purpurina mientras acotaba: “querida, no hay que burlarse del kitsch, es importante en la vida de la gente”, y que hacia el final de sus días, imitando el acento gallego, solía repetir: “pues anda hijo, aunque sea vive por curiosidad”. Lo cierto es que Alejandro Kuropatwa, el hombre, fue infinitamente más complejo que el emperador, fue la suma abarrotada y atolondrada de todas las voces que hoy lo recuerdan pero además fue un artista que plasmó, como pocos, el temperamento de su época. La imagen de la Argentina postdictadura: de los excitados años 80, de la euforia creativa de esos días y –por sobre todo- de esas noches, y de cómo en los años 90 bajó la espuma, tanto que para sobrevivir no quedó más opción que reinventarse.
ALEXANDER
1 1/2 Medidas de gin
1 Medida de crema de cacao
3/4 Medida de leche
Cacao en polvo
“Aunque a veces intentara ser igual a los demás, no le salía. Estaba a años luz de nosotros pero ante el poderío de mi familia parecía un don nadie”
Lily Kuropatwa
1956
Alejandro nació en el sanatorio Cangallo de Buenos Aires a las 11.50 de la mañana del 22 de octubre de 1956. El tercero de tres hijos y el único varón. Su padre Miguel había abandonado Polonia rumbo a la Argentina en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Una vez instalado en Buenos Aires fundó Via Valrossa, una empresa farmacéutica que con el tiempo se convertiría en el primer canal de venta directa de farmacias del país. Su madre Dora, hija de rusos, había nacido en la Argentina. Gordito, con un brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de sus ojos color almendra y con su corte príncipe valiente, Kuropatwa atravesó la primaria generando confusión: “La maestra creía que por mi apellido y porque no hablaba nada, yo era japonés” . Entonces ya parecía un eterno pilluelo. De Villa Urquiza a Belgrano y de escuela en escuela, Alejandro terminó el secundario en el Juan María Gutiérrez, un colegio experimental y progre donde conoció a su amigo íntimo Tommy Pashkus, quien tiempo después recordaría: “En un colegio que estaba lleno de freaks, él era un extraterrestre, el más freak de todos. Era una pieza única, escandaloso y de una ansiedad a prueba de balas: nunca fue el drogadicto típico, ni el borracho típico, ni nada típico” . Ya por entonces el personaje Kuropatwa delineaba su esfera de acción: el descalabro.
1973
En la adolescencia había participado de algún que otro taller de fotografía, había aprendido cerámica y tocado la flauta, pero recién en 1973, cuando le faltaba poco para terminar el suplicio escolar, Kuropatwa decidió tomar su carrera en serio. Primero pasó dos furtivos meses por la carrera de arquitectura y luego ingresó a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, donde realizó algunas perspectivas a lo Giorgio de Chirico. Duró un suspiro: “Pasé por Bellas Artes en plena época peronista, cuando tomaban el lugar cada dos por tres. Yo estaba chocho, paleta en mano, dándole a la pintura cuando entraban y me decían: «La escuela está tomada». Entonces me daba vuelta y les gritaba: Ay, pero la puta madre, el óleo es carísimo. Hice un año y dejé” . Tiempo suficiente para que Kuropatwa -aquel “creador compulsivo”, como lo recuerda la galerista Orly Benzacar – pudiera producir y exponer unas xilografías sobre lienzo en una muestra colectiva en el Salón Obreros y Estudiantes.
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