1992
En enero de 1992 Kuropatwa alquiló por una noche una suite en el Hôtel Meurice de París. Allí, sobre los muros de color rosa pálido, colgó sus fotografías: 16 fotos blanco y negro en formato 50 x 60 cm. Dijo entonces: "Son fotos que hablan de temas diversos, la muerte, el sexo, la soledad... Y creo que soy yo". Una vez montadas, Kuropatwa organizó un cóctel para 30 personas “heteróclitas y cosmopolitas” que Variety Moszynski registró en un corto de 13 minutos, El París de K. Ella explicó: "Para Kuropatwa el hotel representaba la quintaesencia del París fabuloso, del cliché fabricado por los extranjeros: la ciudad de las luces. Lo que más me impresionó durante la fiesta fue la inmensa distancia entre el evento social que transcurría y las fotos ahí mostradas, sobre este contraste me interesó construir el film. Las fotografías contaban una historia opuesta a la de la fiesta, el reverso de la medalla, una visión de la soledad y la muerte”.
Ese mismo año, en junio, expuso en la fotogalería del Centro Cultural Ricardo Rojas Marcha Kuro Marcha, con texto de Laura Batkis:
“Una foto central blanco y negro y una serie de fotos color más pequeñas, distribuidas de manera cuidadosamente asimétrica sobre un fondo marrón, conforman cada una de las diez secuencias que Alejandro Kuropatwa presenta en esta exposición. Imágenes desorganizadas con la precisión del azar, en apariencia sin ninguna conexión narrativa entre sí, de modo que el espectador ansioso es libre de establecer los vínculos y armarse de su propia historia (...).
Sábanas arrugadas por la fatiga del lecho compartido, paisajes ausentes, cunas vacías, las imágenes se suceden en una atmósfera de gran sensualidad, impregnadas de una intensa melancolía, donde todo está apenas sugerido, donde a cada momento se presiente la desintegración. Como rastros de algo que ha desaparecido. El interior de un hospital, un ramo de rosas, perros, niños, joyas, enanitos de jardín, zapatos de mujer, la imponente alfombra roja de la escalera de un hotel, flores marchitas y la asepsia inquietante de una camilla ginecológica. Kuropatwa oprime incisivamente el disparador de su cámara y fragmenta una realidad ambigua que produce a la vez repudio y atracción, y la perturbadora alusión a deseos censurados (...).
La marcha de la obsolescencia acelerada, de la cultura polaroid y de la banalidad estereotipada. Una noche –al igual que el poeta maldito-, Kuropatwa sentó a la belleza en sus rodillas. Y la encontró amarga. Pero no la injurió. Sobrevivió al diluvio y eligió libremente su propio éxodo. Una marcha más allá del decálogo y mucho más acá de la belleza” .
Ese año la Fundación Konex le entregó un diploma al Mérito en Artes Visuales-Fotografía y fue seleccionado para el V Festival International de Programmes Audiovisuels, en Cannes.
1993
Hugo Mujica, poeta, filósofo, teólogo, alguna vez definió a Alejandro como “un desesperado con cartel. Una persona que jugaba con su muerte, que coqueteaba con ella y que por momentos nos hacía dudar si no era todo una farsa. Creo que finalmente era un hombre muy serio que se había comprado el personaje”. El resultado de esta amistad dio, en 1993, una muestra conjunta en la Galería Ruth Benzacar: Alejandro Kuropatwa. Fotografías. Hugo Mujica. Poemas. Kuropatwa presentó en esa ocasión 16 obras blanco y negro de 1m X 60 cm realizadas con películas de transparencia de revelado instantáneo de 35 mm (recurrió a un laboratorio en París para ampliar su material en Cibachrome). Fotos de caireles, cortinas, mesas servidas, flores, desnudos y paisaje marinos. Kuropatwa anunció: "Lo que exhibo ahora refleja el deterioro de un ciclo de mi fotografía, el de las flores secas, el de soledad" .
Mujica, quien más tarde se referiría a las fotografías de Alejandro como still lifes, dijo que en esa oportunidad la mirada de Kuropatwa se le apareció “nostálgica, de despedida, decadencia e interioridad. Quizá todo eso sintetizado en el vacío". La sintonía entre los escritos del poeta y las imágenes es evidente: "Cuando dos huecos se encuentran/ no son huecos: es transparencia”; “Me condenaron a muerte/ y me olvidaron atado al borde de la vida”; “En lo hondo no hay raíces/ hay lo arrancado”; o bien: “Me arrojaron a la arena en un circo/ de gradas vacías, me arrojaron a las fieras/ en una arena sin fieras”.
Como curador de la muestra, Fernando Bustillo escribió el texto y, luego de trazar una breve sinopsis por la carrera de Kuropatwa, afiló el lápiz:
"Más que frente a reproducciones fieles del recuerdo de instantes, estamos frente a interpretaciones de la voluntad del artista. Pareciera haber un traslado: de la excitación en la exploración técnica –que con seguridad e incontestablemente le permitieron afirmarse- a una preocupación por el contenido, que nunca estuvo ausente. Ahora la temática ha descuidado la frivolidad e indaga en su profundidad discursiva.
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