1994
Quienes alguna vez participaron del montaje de una muestra de Kuropatwa dicen que el artista consultaba todo. Que hablaba horas por teléfono, se asesoraba, preguntaba, escuchaba, que espontáneamente armaba un grupo de trabajo con la gente que tenía cerca y respetaba. Tan así que por momentos parecía un clown naif -apenas terminaba de decir algo te clavaba los ojos y decía ¿te gustó? ¿te gustó?- pero, por otros, un artista generoso que intuía que ese método de trabajo podía llevarlo a lugares donde él jamás se habría aventurado solo.
En mayo de 1994 Kuropatwa expuso en el Centro Cultural Ricardo Rojas ¿Dónde esta Joan Collins?: 200 fotografías blanco y negro colgaban torcidas y amontonadas sobre la pared registrando un viaje del artista por Salta, Tucumán, Jujuy, París y Buenos Aires. Fotos de vírgenes, flores, perros solitarios y gallinas se entremezclaban con personajes de la fauna televisiva y artística. Para Kuropatwa la muestra era una suerte de resumen, lo que él llamó: “Hice hasta acá”. “Fue como una historia de vida, en las 200 fotos estaban mis amigos, como Liliana Maresca, un chico De La Fressange, había paisajes europeos, de acá, animales, objetos queridos”. Además, como protegiéndolo de toda tentación, la muestra llevaba un epígrafe que literalmente rezaba: “Ángel de la guarda/dulce compañía/no me desampares/ni de noche ni de día”.
¿Y dónde estaba Joan Collins para Alejandro Kuropatwa? “Acá mismo, en el mundo Dinastía que está viviendo la Argentina. Supongo que la revista Caras debería llamarse Joan Collins, ¿no?”. Era un mundo que lo atraía (“Hacía cualquier cosa por una persona linda y caía desmayado ante el éxito”, dijo alguna vez Felisa Pinto) y al mismo tiempo lo vaciaba de sentido. Por eso en sus fotos Kuropatwa despliega el reflejo de una astuta liebre de campo que, aun cuando encandilada por las luces altas, conserva siempre la cintura para darse vuelta y echar a correr.
Por esa época la directora de teatro Vivi Tellas dirigió El Zumerland de Alejandro. Escenas de una infancia judía. Marchas, himnos y una plegaria de la época de la colonia en una performance de Alejandro Kuropatwa que se presentó el 15 de junio de 1994 en el ICI. En él, Kuropatwa habla pausado de sus años en una colonia de vacaciones en Mercedes, de los pabellones donde se repartían los chicos y las chicas, de las búsquedas del tesoro, de cómo él era el sensible del grupo que “lloraba a solas debajo del eucalipto”, y de cómo solían desfilar de punta en blanco entonando: “Zumerland, Zumerland, cuna de canciones, por Zumerland, por Zumerland, damos los corazones”. La performance estaba precedida por una declaración del artista: “Tengo una canción para cantarles. Es muy serio esto. Tan serio que me causa gracia porque nunca hice cosas serias”. Y risa y todo, Kuropatwa aparece cansado, y sus ojos, si bien brillantes y traviesos, ya no revolotean por la habitación.
Ese mismo año participó también en una muestra en el Palacio San Miguel y actuó en 1000 boomerangs, una película dirigida por Mariano Galperin, junto a Valeria Bertucelli, Rosario Bléfari, Vicentico y Vivi Tellas, entre otros.
DAIQUIRI DE FRUTAS
1 Medida de azúcar
1 Medida de jugo de limón
1 1/2 Medidas de ron blanco
1 Medida de granadina
Hielo
“Cumplía un día antes que Charly García. Entonces, como festejaban por separado, todas las mañanas después de su fiesta Kuro le mandaba los restos de su torta a Charly”
Cecilia Roth
1995
En cierta oportunidad, Edgardo Giménez comparó a Kuropatwa con un brindis, un ser que “estaba siempre en el tope de sus emociones”. Las anécdotas lo pintan como un hombre de pocos grises pero fundamentalmente como un artista las 24 horas: “No estaba la obra por un lado y el hombre por otro. Estaba todo junto” . Marcos Goldstein, la Gran Markova, -quien alguna vez dijo que el leitmotiv de su amistad de 15 años fue la pelea- definió a Kuropatwa no como una raza en extinción sino como una raza extinguida: “Una persona que desde que abría los ojos convertía todo en un gesto único e irrepetible”. De una generosidad sin límites: “Un verano en José Ignacio nos peleamos y yo lo tiré entre los médanos. Pero así y todo no me fui de la casa, ni él me echó. Me levantaba, abría la heladera, sacaba salmón ahumado, comía, saludaba Hola Cecilia, Hola Miriam, y todo seguía como si nada” . Era también caprichoso y veleidoso hasta la médula: “Una vez lo pesqué en una mentira y cuando se lo comenté me dijo: Madame no miente, Madame inventa”. Y de un ego a prueba de balas: en una ocasión Roberto Jacoby se lo topó por la calle y le comentó que andaba un poco desorientado. Entonces Kuropatwa enarcó sus cejas tupidas y le dijo: “Ya sé, tengo la solución para vos: tenés que escribir mi biografía” .
En marzo de 1995 Kuropatwa expuso en la muestra Fin de Siglo organizada por Fundación Banco Patricios junto a Jacques Bedel, Roberto Elía, Gumier Maier, Miguel Harte, Roberto Jacoby y Fabio Kacero.
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