En cierta ocasión, Kuropatwa comparó el período azul y el período rosa de Picasso con el período depresivo y el período alegre de Kuropatwa. “Las fotos de mi estado depresivo puede ser las de Treinta días en la vida de A.; el período alegre, evidentemente es Cóctel” .
Alejado del alcohol, aunque con el hígado debilitado por una hepatitis que había tenido en la adolescencia, Kuropatwa llevaba entonces una vida que -él aseguraba- era casi monástica: “Parezco una de esas modelos que solía retratar porque vivo a régimen: verdurita, pescado, sopa” .
1997
El cóctel parecía dar resultado. El 9 de abril de 1997 Kuropatwa sacó una solicitada en el diario Clarín en la que instó al gobierno a administrar y distribuir correctamente los recursos para el tratamiento. Dijo entonces: "el virus del sida ya no se detecta en mi sangre. La gente con sida tendría que tener la misma oportunidad que yo".
Por esa época Mauro Viale cargaba los mediodías televisivos con un show de grotescas criaturas. De tanto mirarlo Kuropatwa se dio cuenta de que había quedado atrapado por esa galería del terror. “¿Qué más representativo de esa época que los chicos Tarantini y la noche, el Conejo y sus problemas judiciales?” . En noviembre presentó, entonces, en la Fotogalería del Centro Cultural Rojas, Familia. Retratos de la familia Tarantini completa: Pata Villanueva, El Conejo y sus hijos Bernardita y Robertino. Pata sosteniendo como abanico un puñado de billetes, el Conejo y su hija envueltos en un abrazo morboso. Alberto Goldenstein escribió en el texto del catálogo: "En esta oportunidad Alex retrata a los integrantes de un particular núcleo familiar. Son figuras que titilan en la realidad prêt-à-porter que conforma el mundo mediático". Era un gesto típicamente Kuropatwa que, sin demasiada conciencia, daba vuelta el guante menemista para exponer sus hilachas. En 2001, Kuropatwa le dijo a Miguel Rodríguez Arias, en el video Yo le gané al sida: “A mi muestra Familia no la vi como frivolidad sino como desesperanza” .
Las cosas se habían venido gestando en su cabeza desde hacía un tiempo: "Yo estaba en Punta veraneando con mis padres y un día llamé a Guillermo Kuitca porque me preocupaba no tener ni idea de qué hacer después de Cóctel. Le dije que tenía ganas de fotografiar a Silvia Süller. Guille lo pensó y me dijo ¿por qué no fotografías a Pata Villanueva que es más dramática y no es tan ignorante?” . Más tarde, en una fiesta del Museo Renault, Rogelio Polesello le presentó finalmente a Pata Villanueva. “Cuatro meses después hicimos las fotos de toda su familia. El Conejo siempre fue un señor lindísimo que anda todo el tiempo con su celular. Pata apareció con un sombrero de cowboy, un habanito apagado, botas de cowboy con unos jeans adentro, una camisa de seda -por supuesto, muy escotada-, anteojos RayBan y una cartera Louis Vuitton. Yo la observé de pies a cabeza y me dije: ésta fue una top model argentina, casada con uno de los mejores futbolistas del mundo, toda una telenovela. Ella, mas irónica que nadie, sabía muy bien lo que hacía” .
Nadie lo hubiera entendido mejor. Después de todo, si alguien capturó el kitsch de los noventa en la Argentina, ése fue Kuropatwa: “Todo en la cultura argentina es kitsch: Landricina, La Chiche, el Diego, y su casamiento en el Luna Park, la Su, la Mirta” .
Ese mismo año participó en El Tao del Arte en el Centro Cultural Recoleta y fue seleccionado para el Premio Palermo en el Museo Nacional de Bellas Artes, lo que volvió a suceder al año siguiente.
En octubre cumplió 41 años: “Trato de no mirar fechas y de no mirar mucho la hora porque total el día pasa igual... Hace veintitrés años que trabajo en fotografía. Creo que en ese tiempo algunos logran un estilo y una imagen. Yo lo he logrado” .
A comienzos de 1998 Kuropatwa decidió clausurar su estudio de la Avenida Rivadavia porque, según dijo, “la empresa más importante con la que trabajaba cerró y me quedé sin ese cliente imprescindible” . Se mudó a la calle Seguí 4691 y consiguió un estudio a dos cuadras.
OLD FASHIONED
2 Medidas de whisky
2 Toques de angostura
1 Terrón de azúcar
“Un día lo fui a visitar porque estaba muy mal, entonces se paró y, marcando con una mano a la altura de la rodilla y con la otra diez centímetros arriba, sobre el muslo, me dijo: decime, de acá a acá, ¿no estoy bárbaro?”
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