“Lo único que te pido es que respetes las ralladuras”, le pidió Kuropatwa. Nanni recuerda: “Para mí las rayas eran un dato fundamental porque eran los daños que él se infligía a sí mismo. La muestra era una enorme metáfora sobre el universo del sida”. Durante el montaje de la exposición, del que también participó Fernando Bustillo, Nanni le pidió a Kuropatwa que desapareciera porque sus nervios la tensionaban. Entonces Alejandro tomó una suite en el Hotel Plaza. “Al mediodía, me pasaba a buscar, almorzábamos en el hotel, y después yo seguía trabajando, mientras él se paseaba por la calle Florida” .
Con la sala en semipenumbras, una música que parecía ralentar el tiempo y una montaña de cables blancos como deshechos tecnológicos, la muestra exponía por primera vez al Kuropatwa quebrado, al artista que por un instante dejaba el ingenio de lado para presentar al hombre detrás de la máscara. Nanni escribió en el catálogo: "Kuropatwa circula su cámara por escenarios travestizados, espacios transgresores donde persigue su propia identidad. Pero sus imágenes nunca son complacientes o convencionales (...) Microcosmos opresivo y ominoso, espejo de una ciudad fugaz. Visión después de un cataclismo. Todo se ve erosionado: imagen, película, recuerdos. Una iluminación por momentos crepuscular o implacable bordea sitios reales y situaciones oníricas. Corredores, escaleras, ventanas cerradas, rostros furtivos, máscaras que devuelve el espejo, visiones travestizadas” .
En el diario Página/12, el crítico Fabián Lebenglik escribió: "Alejandro Kuropatwa se sirve de todas las posibilidades de la tecnología y de la excelencia técnica para exhibir la fascinación por la felizmente imperfecta humanidad y la perpetua insatisfacción del deseo...” . La muestra quedó registrada en un libro de tapas azules marmoladas, de 40 páginas, en una edición de 500 ejemplares. A modo de tríptico se editó también un video dirigido por Jorge Caterbona y musicalizado por Fito Páez, que fue presentado en 1992 en el Festival International de Programmes Audiovisuels de Cannes. Parte de esta muestra integró el envió argentino a la Bienal de la Habana.
Ese mismo año Kuropatwa fue invitado a participar en una colectiva de treinta artistas con curaduría de Ataúlfo Hernán Pérez Aznar: Fotografía Argentina de los Ochenta: Visión de una década, en la Fotogalería Omega en La Plata. Y fue convocado por la Revista La Nación para realizar las fotos de Miralrío, la casa de San Isidro donde, en 1924, Victoria Ocampo hospedó al poeta y filósofo indio Rabindranath Tagore, y una serie de retratos de la directora María Luisa Bemberg durante el rodaje de Yo, la peor de todas.
COSMOPOLITAN
1 Medida de vodka
1 Medida de cointreau
1/2 Medida de jugo de limón
2 Medidas de jugo de cranberry
“Un día cobró una plata por unas fotos de Charly. Entonces nos fuimos al kiosco del Alvear a comprar revistas extranjeras y de ahí nos tomamos un remise. Una a una Alejandro hojeaba las revistas y después las tiraba por la ventana”
Fernando Noy
Como una diva pop, Kuropatwa se reinventó a cada paso. Solía caminar por la calle Florida vestido con un enterito rosa y ventilador azul en mano. Así lo vio Roberto Jacoby por primera vez. Cecilia Roth lo recuerda paseándose por su casa en tacos altos. Y Marcia Schvartz lo imagina en las fiestas del Club Eros disfrazado de su personaje favorito: Naomi, una señora judía paqueta. Había algo de pavoneo de cotorra australiana en su constante despliegue histriónico, algo de puesta en escena en todo lo que hacía y una flexibilidad asombrosa para, con tan solo un pestañar, ajustar el personaje según quién tuviera enfrente.
1991
“Fui el fotógrafo del rock”, declaró Kuropatwa . Entre mediados de los 80 y comienzos de los 90 realizó las fotografías para las tapas de discos de bandas de rock como Virus (Tierra del fuego, 1988) y músicos como Charly García (Cómo conseguir chicas, 1989; Filosofía barata y zapatos de goma, 1990) y Gustavo Cerati (Amor Amarillo, 1993). Tomó además una sesión fotográfica mítica donde Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati y Fabiana Cantilo posan sobre una chaisse longue roja. Una de ellas fue utilizada para la tapa del libro Corazones en Llamas (1991): Historias del Rock Argentino en los Ochenta de Laura Ramos y Cynthia Lejbowicz.
En 1991 expuso en el Centro Cultural Recoleta Obra fotográfica. Y en diciembre participó junto a cuarenta artistas en la muestra Quinientos Años. La Conquista, también en Recoleta.
Ese diciembre presentó una fotografía en la muestra Biografía visual de Felisa Pinto en la Galería Art House. Cuenta Felisa Pinto: “Esa muestra la hice cuando cumplí sesenta años. En lugar de hacer una fiesta chota decidí festejar mostrando en un sólo día todos los retratos que me hicieron diferentes artistas desde que tenía 4 años hasta entonces, unos treinta retratos en total, todos sobre mi persona. Kuro me había sacado una fotografía con un collar blanco de nácar que encerró en una caja lumínica hecha por Fernando Bustillo” .
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