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El círculo. En los primeros meses de 2000, un estudiante de cine al que sus compañeros llamaban “El panza” (nadie parecía recordar su apellido), se internó en el monte pampeano con un camarógrafo y un sonidista para filmar una película muy rara. El aspirante a director tenía 25 años y, hasta allí, su único antecedente profesional era haber trabajado como asistente (cadete, en realidad) de Nicolás Sarquís, un cineasta fallecido en 2003 que supo programar la legendaria sección "Contracampo" del Festival de Mar del Plata. Sarquís era un realizador desparejo y un tipo muy complicado, pero tenía buen gusto. En "Contracampo", directores, críticos, estudiantes vieron por primera vez a Kiarostami, a Sokurov, a Bartas y a otros realizadores de la modernidad cinematográfica. El choque con esas películas raras dejó secuelas diversas entre los espectadores, pero la de Alonso parece haber sido la más duradera. De una vez y para siempre, decidió no sólo que quería hacer cine sino qué cine quería hacer. Para resumirlo en pocas palabras: un cine sin un guión que explique la psicología de los personajes y que, en cambio, se limite a observar conductas y lugares, a fascinar a partir del silencio, a alcanzar la belleza a partir del misterio, y que le permita a lo más simple tornarse inexplicable. No es fácil hacer ese cine y más difícil es no ser destruido por la hostilidad que suelen generar las propuestas radicales en el cine argentino, un ambiente históricamente dominado por la más rencorosa mediocridad.
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